7 de mayo de 2010

El encuentro

La relación del creyente con Jesucristo es tan rica, compleja, profunda e integral que no se agota es una categoría explicativa sino que puede expresarse  en diversos símbolos conceptuales como discipulado, imitación, comunión, etc. Cada uno de ellos trata de expresar toda la realidad de nuestra vida cristiana desde una determinada perspectiva. La espiritualidad del tiempo pascual me invita a presentar la categoría “encuentro” como muy apta para expresar la relación, amorosa y fiducial, que viven los creyentes con el Señor Jesús Resucitado.El encuentro humano

Para empezar digamos que el concepto “encuentro” tiene una buena base humana. La antropología personalista ha  intentado sacar al sujeto, a la persona, del “objetivismo” tanto racionalista como científico técnico y reconocerlo como un sujeto esencialmente abierto al otro, como intersubjetividad.

Al hablar de “encuentro” nos referimos, de entrada, a personas y a estas en relación. Bajo esta categoría afirmamos la prioridad de la persona sobre las leyes, las estructuras y el tener. Al mismo tiempo la afirmamos en relación con otra persona, y en una relación que las hace ser más a cada una. El encuentro con el otro “tú” me hace ser más a mi mismo. El encuentro es principio de disponibilidad, despliegue de lo mejor de si mismo, de donación. El egocentrismo, en cambio, es principio de obturación, de opacidad sobre mi mismo y los demás. Al querer salvar el yo aislándolo, lo único de hago es hacerme ajeno a mi mismo, alienarme.

Esta elemental fenomenología nos hace comprender la riqueza humana de la categoría “encuentro” y nos ofrece la base humana para perspectivas más amplias en el orden cristiano.

Los encuentros de Jesús según los evangelios

Lo distintivo cristiano es Jesús de Nazaret. De Jesús de Nazaret nos hablan los evangelios. Y nos lo presentan casi siempre rodeado de la muchedumbre, de los apóstoles, o en una relación muy de tú a tú con algunas personas. Diríamos que es una narración de “encuentros”: con Pedro y Andrés, Natanael, Mateo, la samaritana, Zaqueo, el ciego de Jericó, la hemorroísa, el centurión romano. Es más narración que descripción, cuentan más las personas que el paisaje.

Resaltemos algunas características de estos encuentros:
• Jesús no es un “fantasma”, un “extraterrestre”. Jesús es una persona concreta, visible, palpable, que se cansa, suda, acaricia, llora, comparte la comida, ama.
• Aquellos con quienes se encuentra son personas con su nombre, su fardo de cargas al hombro, sus esperanzas, sus historias concretas.
• Se da el encuentro porque Jesús los busca y ellos buscan a Jesús. En algún caso es Jesús sólo el que busca e inicia y provoca el encuentro.
• No hay condición previa que impida a Jesús el “encuentro”. No se necesita ser bueno, puro, religioso. Al contrario, Jesús manifiesta predilección por los pecadores y publicamos, los excluidos.
• Basta creer y dejarse mirar, tocar, abrazar, llamar para que se de el encuentro.
• Muchos ven, oyen… pero no creen y en vez de encuentro se da un endurecimiento y alejamiento progresivo.
• Los encuentros de Jesús son transformadores, cambian a las personas, dan la salud al cuerpo, el perdón al espíritu, la esperanza a la vida y unas ganas locas de alabar a Dios y de contar lo experimentado.

Los encuentros que nos relatan los evangelios se convierten en  modelo y paradigma para los discípulos de todas las épocas. Después de la Glorificación de Jesús, desaparece su presencia física pero no la realidad más profunda del encuentro interpersonal en la fe y en el Espíritu. Con gran acierto afirma el Papa Benedicto y lo recoge el documento de Aparecida. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el ENCUENTRO con una PERSONA, Jesús…” (DA. 243).

“Esto es justamente lo que con presentaciones diferentes, nos han conservado  todos los evangelios como el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús” (DA. 243).

 

Comentarios