BLOGS + Al Pie de El Merendón Agosto, mes de la Familia Posteado por Ángel Garachana agosto 13, 2010 a las 5:47pm

El día 5 de septiembre de 1991, publicaban los Obispos de Honduras una carta pastoral sobre “Identidad y misión de la Familia”. En ella aconsejaban que se estableciera en el país el mes de agosto como el “mes del Matrimonio y la Familia”. El consejo se puso en práctica y durante estos 19 años se han ido consolidando diversas iniciáticas y actividades en todas las diócesis del país, de manera que en el ámbito de la Iglesia Católica el mes de agosto es ampliamente conocido, celebrado y vivido como el “mes del Matrimonio y la Familia”.

Este año tiene como lema “La familia en estado permanente de conversión y de misión”. Una revista editada por la “Comisión Nacional de Pastoral Familiar” ofrece catequesis y celebraciones para reflexionar dialogar y orar en torno al espíritu y contenidos del lema.

La familia cristina en cuanto “iglesia domestica” esta invitada a vivir en un proceso de conversión constante. La llamada a la conversión resuena en las palabras  de los profetas: “Yo no me complazco en la muerte de nadie. Oráculo del Señor. Conviértanse y vivirán” (Ez. 18, 32). Se escucha en  la predicación de Juan Bautista (Mt. 3,2). Forma parte de la Buena nueva del Reino de Dios que Jesús proclama: “conviértanse y crean en el evangelio” (Mc. 1,15). Y es la invitación que hace el apóstol Pedro a quienes escuchan su anuncio de Jesús muerto y resucitado: “arrepiéntanse y conviértanse para que sean borrados sus pecados” (Hech. 3,19)

La conversión se inicia como un movimiento de vuelta al Señor y de adhesión a Él, prosigue como un seguimiento fiel y permanente de su persona y se despliega como un cambio, una transformación integral del creyente, de sus pensamientos, sentimientos y comportamientos.

El movimiento de la conversión implica al mismo tiempo un alejamiento progresivo del pecado, de lo que nos aparta de Dios y de su voluntad y un ir dando muerte, mortificando, en nosotros las raíces y tendencias de nuestras inclinaciones pecaminosas (Rom. 8,12-14).

Esta decisión fundamental de ruptura con el pecado y de adhesión a Jesucristo marca toda la vida y la va configurando progresivamente en todos sus aspectos según el estilo de vida del Señor. De esta manera queda superado un cristianismo meramente nominal que separa la fe de la vida y se logra una vivencia completa de la vida cristiana.

Este proceso de liberación y vivificación en Cristo abarca  toda nuestra historia personal y familiar. En ningún momento podemos decir que ya estamos totalmente convertidos y descuidar o abandonar los dinamismos que nos mantienen en el camino de una conversión radical y totalizante. Estamos llamados a la plenitud de la santidad en la propia y especifica vocación y no podemos contentarnos con una vida cristiana mediocre y rutinaria que ni llena de alegría nuestra existencia ni atrae a otros al seguimiento de Jesús. “De los que viven en Cristo se espera un testimonio  muy creíble de santidad y compromiso. Deseando y procurando esa santidad no vivimos menos, sino mejor, porque cuando Dios pide más es porque está ofreciendo mucho más” (DA 352).

Según esta doctrina, podemos afirmar que una familia en estado permanente de conversión es aquella que vive con gozo y entusiasmo su carácter de sacramento del amor de Dios, que va modelando su estilo de vida imitando el modo de vida de Jesucristo, se alimenta con el pan de la Palabra de Dios y el pan de la Eucaristía, vive unas relaciones de amor fiel y entregado en sus palabras y en sus obras, va dominando en su hogar las tendencias y obras del egoísmo, la soberbia y la división y va tejiendo una red de comprensión, tolerancia, solicitud, atención y perdón de unos hacia otros. Surge así un ambiente familiar en el que se respira el aire puro del espíritu y se renuevan los ideales de santidad cristiana.

La dinámica de la conversión lleva a la misión. La familia, en la medida en que va viviendo un proceso de maduración cristiana, se va haciendo más misionera, supera la tentación de la comodidad, del encerramiento en si misma y se va abriendo para acoger y para darse, para recibir a los que llaman a su puerta y para salir y llamar a otras puertas ofreciendo la Buena nueva del Señor, para impregnar los ambientes familiares, laborales, sociales y culturales de los valores de la familia cristiana.

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