12 de marzo de 2012

“Parroquia Samaritana”

La “campaña de evangelización 2012” de la Iglesia Católica de Honduras lleva por titulo “parroquia samaritana, para una sociedad justa y solidaria” y se inspira en la conocida parábola del “buen samaritano”. ¿Cuáles son las actitudes y acciones del buen samaritano que debe reproducir la parroquia? Las podemos resumir en los cuatro verbos del relato: lo vio, se compadeció, se acercó y lo curó.

Mirada samaritana (lo vio)

El samaritano “lo vio”. También el sacerdote “lo vio” y el levita. Pero hay muchas formas de ver. El comportamiento con el otro viene determinado por el modo de verlo. Podríamos decir que la ética empieza por la mirada. Una parroquia samaritana tiene una mirada de fe y de amor, una mirada atenta y receptiva, respetuosa y contemplativa.

Nuestro mundo y nuestra historia se hacen transparencia de Dios para quien los mira con ojos de fe. Solemos mirar la realidad según los intereses, valores o perspectivas que adoptamos. La montaña del Merendón, a cuyos pies se extiende la ciudad de San Pedro Sula, puede ser mirada con ojos de “explotador de bosques”, con ojos de “ecologista”, con ojos “paisajistas”, etc. Aparecida nos invita a mirar la realidad de nuestros pueblos de América Latina con “ojos de discípulos misioneros” (DA 20). En esta mirada “acogemos la realidad entera del Continente como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza de humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del continente” (DA 6). Pero también descubrimos “caminos que trazan una cultura sin Dios…, animada por los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero, la cual termina siendo una cultura contra el ser humano y contra el bien de los pueblos latinoamericanos” (DA 13).

“Al mirar la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, con sus valores y limitaciones, sus angustias y esperanzas, sufrimos y nos alegramos pero permanecemos en el amor de Cristo” (DA 22).

Corazón samaritano (se compadeció)

El samaritano se conmovió entrañablemente. Me atrevo a sentenciar: “ojos que ven y oídos que escuchan, corazón que siente”. Lo visto y lo oído no nos deja indiferentes sino que nos afecta profundamente, nos conmueve el corazón.

Jesús se conmovía profundamente y se compadecía al ver a las muchedumbres de enfermos, pobres, golpeados por el peso de la vida y las injusticias de los hombres, abandonados como ovejas sin pastor (Mt. 9, 36). Se conmovió al ver llorar a la viuda de Nain, pedir compasión a los leprosos y a los ciegos (Lc. 7, 13; Mt. 20, 34).

Una parroquia samaritana es una parroquia con corazón, con sensibilidad, una parroquia qué se estremece al ver a quienes sufren por cualquier causa. Más importante que los organismos, los planes y las programaciones es el corazón compasivo. La parroquia ha de ser como una madre que hace suyo el dolor de sus hijos.

Pies samaritanos (se acercó)

“Pasar de largo”… “acercarse”. He aquí dos comportamientos diametralmente opuestos. Ante el otro, y el otro pobre, sufriente y necesitado, podemos pasar de largo, como sino existiese, o podemos acercarnos conscientes de que en ese momento es el primero y más importante.

El sacerdote y el levita, al “pasar de largo”, indiferentes, es como si le hubiesen dicho: “Para nosotros tú no cuentas nada… Es como si no existieras… Hay cosas y asuntos mucho más importantes que tú.. Tu condición no merece que hagamos un alto en nuestro camino, que te dediquemos un poco de nuestro tiempo” (A. Pronzato). El samaritano “se acercó”, es decir se “aproximó”, se hizo prójimo del malherido. Acercarse, anular la distancia que separa física, psíquica o moralmente; por amor gratuito, sin considerar sus cualidades ni esperar sus pasos; por amor humilde ya que para acercarse tuvo que bajarse de su cabalgadura. El amor se abaja, el amor es humilde.

Parroquia samaritana, es aquella que se acerca a los que sufren, a los que están solos, a los olvidados, a los excluidos, a los que no cuentan, no son amados. La parroquia samaritana orienta sus pasos por los caminos del amor que la acercan a los pobres. “Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (DA 398).

Manos samaritanas (lo curó)

La compasión y la cercanía llevaron al buen samaritano a la acción, al servicio, a las obras del amor: “le vendó las heridas, derramando en ellas aceite y vino; le montó en su propia cabalgadura, le condujo al mesón y cuido de él”  (Lc 10,34).

El samaritano realiza una serie de gestos concretos que indican su amor solicito y efectivo y buscan la curación del maltratado. No se enreda en divagaciones consigo mismo, ni en preguntas al malherido. No pierde el tiempo pensando en lo que a él le pueda suceder o tratando de conocer la identidad del necesitado. Sencillamente actúa, con prontitud, con eficacia, con ternura, con sus propias manos. Se encuentra con alguien que necesita ser atendido de inmediato y no necesita más razones ni señas de necesidad.

La parroquia samaritana escucha como dirigidas a ella las palabras de Jesús dichas al doctor de la ley: “vete y haz tu lo mismo” (V. 37) y es una orden, clara y urgente, no un mero consejo. Nos cuesta conjugar el verbo “hacer”, no cuesta amar no de palabras sino con obras y en verdad (1 Jn 3,18). Y sin embargo el mandato y el ejemplo de  Jesús son claros. “yo hago la voluntad del Padre” ((Jn 5, 30); “he llevado a cabo la obra que me encomendó” (Jn 17,4); “les he dado ejemplo para que hagan ustedes lo mismo” (Jn 13,15).

La parroquia samaritana se caracteriza por las “obras” de misericordia, justicia y liberación que realiza a favor de los que están golpeados y abatidos a la orilla del camino de la vida. La manera de dar cuerpo, forma concreta, organización y eficacia a este servicio de la caridad, lo llamamos pastoral social que, “al igual que el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos es expresión irrenunciable de la propia esencia de la Iglesia” (DA 399).

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