13 de abril de 2012

Sacerdotes al servicio de la comunión

Los sacerdotes de la diócesis sampedrana renovaron sus promesa el miércoles santo en la misa crismal, los fieles oraron por ellos para que sean fieles ministros de Cristo y yo los exhorté a ser eficaces animadores del Sínodo Diocesano, recientemente convocado.

Con la celebración del Sínodo nos proponemos revisar nuestro modo de ser Iglesia y la manera de realizar nuestra misión, según la vocación personal de cada uno. Queremos ser y hacer una Iglesia de comunión, pues todos somos llamados por Dios Padre a vivir en comunión con Jesucristo y entre nosotros mismos, animados por el mismo Espíritu. Todos somos Iglesia y todos debemos participar dinámica y corresponsablemente en su vida y misión.

Dentro de esta Iglesia, los sacerdotes son llamados y ordenados para un “ministerio de comunión”. Están en medio de los hermanos para ser artífices de comunión, constructores de unidad. Esta tarea requiere unas actitudes y unas acciones apropiadas, entre las que subrayo, por su importancia y actualidad, las siguientes:

Vivir unas relaciones de fraternidad

Las relaciones fraternas comienzan al interior del mismo presbiterio. Por la ordenación, los sacerdotes son incorporados a un presbiterio, son hechos co-hermanos de los otros sacerdotes, de modo que su vida y ministerio tiene una radical forma fraterna.

Las relaciones fraternas han de extenderlas también hasta los fieles. Jesucristo, el Señor, no se avergonzó de llamarnos hermanos y de estar en medios de los suyos como servidor. Los sacerdotes han de estar en medio de los fieles como hermanos, viviendo la nueva fraternidad en Cristo.

El ejercicio fraternal del ministerio implica: no poner en primer plano la autoridad ni remitirse constantemente a ella, sino acentuar la comunicación, la acogida en actitud de igualdad, el aprecio y la valoración, el afecto y el perdón.

Practicar el diálogo

Una forma privilegiada de la fraternidad es el diálogo. Dios se ha hecho diálogo. Nos ha dirigido su Palabra y espera nuestra respuesta. “La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio” (Pablo VI). El ministerio sacerdotal se hace diálogo con los hermanos adultos en la fe, con capacidad de escucha y de “obediencia” (ob-audire) y con una palabra que decir y razonar. Ese ha de ser el estilo y el método pastoral del sacerdote. El diálogo será un medio de ejercitar el ministerio apostólico, desde dentro de la comunión y un arte de comunicación espiritual.

Promover los diversos servicios coordinados

El ministerio sacerdotal no absorbe todos los servicios que se dan en la comunidad. Al contrario, tiene el encargo de promoverlos. Ciertamente ha habido épocas y lugares en los que, por una abundancia de clero y por una pobre teología de la Iglesia y del laicado, los sacerdotes acapararon en sí casi todas las funciones eclesiales. Esos tiempos, esas prácticas y esas teologías han pasado.

El documento conclusivo de Aparecida nos dice que los laicos “han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” de laicos en la Iglesia… Es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (DA 213). Y el Papa, en el mensaje a los obispos en la catedral de Leon (México), nos advierte que “no es justo que los laicos se sientan tratados como quienes apenas cuentan en la Iglesia, no obstante la ilusión que ponen en trabajar en ella según su propia vocación, y el gran sacrificio que a veces les supone esta dedicación”.

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