BLOGS + Al Pie de El Merendón La escucha que lleva al cumplimiento Posteado por Ángel Garachana septiembre 14, 2012 a las 9:34am

La escucha que lleva al cumplimiento

 
La categoría de “discípulo” es central en el documento de Aparecida. Y tiene la gran ventaja de remitirnos directamente a la persona, al sujeto humano y a su relación con la persona de Jesucristo. Al hablar de “discípulos” nuestra atención se dirige a las personas concretas que son llamadas por el Señor, antes que a aspectos organizativos o pedagógicos. ¿De qué sirve una nueva teología, nuevos planes pastorales, nuevas estructuras organizativas sino cuidamos la persona del cristiano?

Discípulo viene del verbo latino “discere” que significa aprender. Discípulo es lo mismo que aprendiz. Ahora bien, el discípulo aprende escuchando al maestro que enseña. Y aprende para poner en práctica. Esto se ve con más claridad en el aprendizaje de oficios técnicos como fontanero, electricista, etc. El maestro explica y practica para que el aprendiz conozca y practique acertadamente.

El discípulo de Jesucristo escucha con atención a su Maestro porque sólo Él tiene palabras, de verdad y de vida. Está pendiente de sus palabras, tal como nos las transmiten los Evangelios, y de toda Palabra que sale de la boca de Dios, porque a Jesucristo se refieren todas.

Escuchar como discípulo no es solamente oír, ya que esto es un fenómeno fisiológico. En la escucha hay un acto positivo de la voluntad, se presta atención a las palabras y se establece una relación con la persona. La escucha no termina en la comprensión del significado de las palabras sino en la comunión con la persona de Jesucristo.

En definitiva, la escucha del discípulo lo que quiere es conocer a la persona de Jesucristo. El cristianismo no es una “doctrina” sino una persona, Jesucristo. Por lo mismo, el discipulado tiene como finalidad última alcanzar el conocimiento de la persona de Jesucristo. Escuchemos a San Pablo: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Jesucristo, mi Señor…” (Fil 3,9).

La verdadera escucha de la Palabra de Dios, revelada en Cristo exhaustiva y plenamente, lleva a la obediencia a la Palabra, a poner en práctica la Palabra escuchada. Este mensaje atraviesa toda la Sagrada Escritura. El libro del Deuteronomio exhorta encarecidamente a escuchar los preceptos y mandatos del Señor y a ponerlos por obra (Deut. 4, 1.5-6). El apóstol Santiago polemiza con aquello que dicen “de palabra” tener fe pero luego no viven de acuerdo con la fe profesada y los exhorta así: “Pongan en práctica la Palabra y no se contenten con oírla, engañándose a ustedes mismos” (Sant 1,22). El mismo Jesús contrapone al que escucha sus palabras y las pone en práctica con el que no las cumple. Considera sensato al primero porque es como quien construye sobre roca y necio al segundo porque edifica sobre arena (Mt 7,24-27).

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Tiene poder de engendrar a la vida de Dios a quienes la acogen: “han vuelto a nacer, no de una semilla mortal, sino de una inmortal: a través de la palabra viva y eterna de Dios” (1 Ped 1,23). No cumplir la Palabra es impedir su desenvolvimiento, porque su dinamismo tiende a transforma la vida de quien la escucha.

 
+ Ángel Garachana Pérez, CMF
Obispo de San Pedro Sula

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