2 de marzo de 2013

Hemos creído en el amor

Hemos creído en el amor

Domingo 3° de Cuaresma

“Si ellos me preguntan cómo se llama tu Dios ¿qué les respondo? “ Ex 3, 13

Ayer en la calle la pregunta no fue así exactamente pero se parece: -Padre me ha invitado un señor adventista a ir a su iglesia. Yo me quiero acercar a Dios pero, por el horario de trabajo, no puedo ir a la misa de usted y el horario de este señor me va bien. ¿Qué hago? 

¿Qué respondí? :- Dios es siempre Dios y solo uno es el Señor pero nuestro modo de acercarnos a Él no es el mismo, ni nuestro caminar con Él nos lleva siempre a la libertad. Escucha y decide. No te sientas obligado a ir por querer complacer a Dios. Si no te ves más libre y con más ilusión de seguir ocupándote de ayudar en el barrio, no vayas. Y seguimos hablando del barrio y de la necesidad de basureros, de limpieza, de…Ahora, la lectura de la primera lectura de este domingo me devuelve el recuerdo y la pregunta:

¿Cómo se llama mi Dios? Él es el que será. Él es el que vislumbro con asombro cuando doy pasos saliendo de mi; cuando enfrento miedos y oscuridades; cuando me acerco, descalzo y con cariño, al dolor y a la búsqueda de otros; cuando contemplo la bondad, la entrega, el compromiso de tantos; cuando vuelve a resonar una y otra vez en mi interior: “para vivir en la libertad os ha liberado Cristo”; “dichosos ustedes”, Abba.

¿Qué digo de mi Dios? Que no es “mío”. Que es el que sale al encuentro del muchacho que me ha preguntado; que ha salido a su encuentro desde el vientre de su madre, en su historia no fácil ni cómoda, en la cercanía de un templo junto a su casa, en la presencia mía y de tantos creyentes, en su ausencia en tantas vidas destrozadas. Que Él es el que será, el que se hará presente regalando amor y dignidad a este que le busca como me lo ha regalado a mí cada día de mi vida.

¿Cómo se llama mi Dios? El que escucha. El que acoge mi llamada y la de la humanidad entera con tantos nombres aunque ninguno de ellos podrá decir su misterio; el que escucha mi deseo cuando digo: ¡Venga tu Reino! El que dará respuesta a mi esperanza: ¡Ven, Señor, Jesús! Entonces conoceré como he sido conocido. ¿Entonces sabré su nombre? Sabré que ha merecido la pena creer en el amor de quien a cada uno llama por su nombre.

P. Fernando Ibáñez

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