29 de agosto de 2011

La manzana de Luisito y los valores

En un país donde impera la violencia y abunda la droga pocas cosas pueden llegar a sorprender, mucho menos conmover.   Era un adolescente cuando en julio de 1991 se produjo una gran conmoción en el país por el asesinato de la normalista Riccy Mabel Martínez.

La joven estudiante fue violada y ultimada tras visitar un batallón en las afueras de Tegucigalpa para gestionar la liberación de su novio, quien se encontraba en el lugar cumpliendo el servicio militar obligatorio.   El crimen de la joven ocupó espacios destacados en todos los medios de comunicación.

La sociedad hondureña reaccionó horrorizada y exigió justicia. Con el transcurrir de los años crímenes como el de Riccy se volvieron comunes y se comenzó a perder sensibilidad.   Alimentado por la vorágine del narcotráfico, en la década del 2000 comenzaron a perpetrarse las masacres.  Para decenas de personas que conozco, principalmente periodistas, el crimen múltiple de cuatro, cinco y hasta seis personas ya no es noticia. “Para ponerme en movimiento que sean de diez en adelante”, dicen muchos.

Crímenes con las víctimas desmembradas causaron al inicio, allá por los finales de los 90, una gran impresión, ahora ya no tanto. En los últimos diez años más de dos mil mujeres han sido asesinadas. El promedio de muertes por día en Honduras es de 18, uno de los más altos del mundo.

En toda esa escalada de violencia, donde ya se ha vuelto común convivir con sucesos sangrientos, se han producido asesinatos atroces, incluyendo el de niños, pero pocos han tenido la repercusión mediática como el de Luis Fernando Alvarado Galván.

El pequeño, de apenas cinco años de edad, iba a hacer un mandado con su hermanito gemelo cuando fue secuestrado el pasado 9 de agosto en La Unión, Copán. La semana siguiente la Policía localizó al asesino, quien con lujo de detalles narró cómo le quitó la vida al menor.

“Yo sólo le sujeté las manos y mi hermano lo estranguló. Cuando el niño ya no sentía aire movió dos veces sus piernas y luego murió. Lo matamos el viernes a las tres de la tarde, después entre los dos lo trasladamos hasta la orilla de una  quebrada para enterrarlo”, relató José Luis Duarte, homicida confeso, quien guarda prisión junto a su compinche.

Este macabro relato sólo ratifica lo que ya sabíamos desde hace varios años: vivimos en una sociedad enferma, muy enferma, sin educación, sin norte, sin respeto a la vida.

Gracias a Dios aún hay herramientas que pueden salvar a nuestros niños. El antídoto está en casa, en inculcarles valores a nuestros hijos, en disciplinarlos, en convertirlos en gente respetuosa, en enseñarles el respeto a la vida, en motivarlos a estudiar, en mostrarles el camino hacia la productividad.

Luisito ya estaba muerto. En La Unión no entendían por qué personas inhumanas le habían arrebatado la vida. Copán lloraba, mientras su hermano gemelo aún guardaba con recelo la manzana que con tanto cariño le había comprado. Él no sabía que unos desalmados lo dejaron celebrando solo su cumpleaños por el resto de sus días.