12 de Septiembre de 2013

El ejemplo de México y el talento de Suárez

México está al borde del abismo, pero los periodistas de ese país siguen despotricando contra el nivel de Concacaf. Ellos con su menosprecio al fútbol del área han cargado de presión a su selección, que no pudo con la obligación que le endosaron de tener que golear a cuanto rival se enfrentaba.
Hoy, allá, todos están peleados con todos. El miedo los absorbe, mientras se aferran al cambio de entrenador y a una debacle de Honduras para clasificarse, cuando antes con aires de prepotencia le gritaron al mundo que lo harían caminando.
Nosotros ya perdimos tres eliminatorias por esas posiciones absurdas e infantiles que solo le trajeron decepción al pueblo, que urge de alegrías como las que da la Selección ante el oscurantismo en que los políticos tienen sumido al país.
Honduras tuvo en sus manos los boletos para México 86, Italia 90 y Japón y Corea 2002; sin embargo, las luchas internas desgastaron esos procesos y desviaron la atención del objetivo.
Hoy, eso no nos puede volver a pasar. Varios sectores critican duramente a Suárez por el empate de Panamá cuando el mismo fue producto de desconcentraciones de los jugadores dentro de la cancha.
Panamá, a puro pelotazo, nos metió contra el arco y en un parpadeo difícil de creer, porque es imposible en este nivel estar mal posicionado en un balonazo al área con el tiempo de juego ya terminado, nos empataron.
Ahora, ¿qué tiene que ver Suárez con esa circunstancia que supuso el 2 a 2? Nada. El colombiano hizo lo que tenía que hacer.
Edgard fue un revulsivo y funcionó en el Azteca, pero el martes en el Nacional no anduvo en su día. No pudo conectar con sus compañeros y, lo que es peor, estuvo mal ubicado, pues se recostó por la izquierda cuando el que urgía ayuda era Beckeles por la derecha.
¿Es culpable Suárez de la desobediencia táctica de Edgard? ¿Es culpable Suárez de que no se haya podido despejar un centro llovido con el tiempo ya expirado? No, de ninguna manera.
Y con el partido ya concluido y el mazazo que significó el empate, es ventajoso culpar del mismo al colombiano.
El trabajo de Suárez ha sido impecable. Recuperó a jugadores que atravesaban un mal momento y confió en ellos (Wilson, Costly y Bengtson), armó una nueva estructura tras el fin de ciclo de figuras emblemáticas (Amado, Pavón y Suazo), les dio la camiseta a futbolistas de clubes modestos (Oviedo, Juan Pablo Montes, Peralta, Diego Reyes, Rony Martínez) y cuando tuvo la soga al cuello salió airoso.
Un técnico que le ganó a Argentina, a Brasil y a Uruguay en un mismo mes merece respeto y, sobre todo, crédito. Alguien que llegó con una selección modesta a un mundial (Ecuador) y que cuatro horas después de la inauguración le pegó un baile inolvidable a Polonia merece, por lo menos, respeto. ¿Quién garantiza que un cambio va a funcionar? Pudo haber ingresado Claros y no meterse al partido, lo mismo Marvin u Osman Chávez. El ejemplo de Edgard, que en tres días pasó de clave a displicente, responde esta interrogante.
Dejemos que México siga creyendo que su nivel es mejor que el del Barça, que el del Milan de Sacchi, que el de la Naranja Mecánica o que el del Brasil del 70, y unámonos. Por supuesto que se vale criticar, pero no hacer de ello una cacería de brujas, cuando la clasificación está al alcance de la mano. Nos espera un octubre mágico, de festejo, de locura en las calles, de orgullo por haber llegado otra vez a la élite del fútbol. Antes trabajemos, confiemos y respaldemos, sin aztecazos de por medio, a un grupo y a un técnico que se han fajado en una eliminatoria cerrada y con partidos épicos, algunos desde lo físico y la intensidad, como el del martes ante una enorme Panamá.