BLOGS + Quijoterías Productos y servicios son conceptos diferentes Posteado por Cándido Alvarado noviembre 10, 2011 a las 5:09pm

Aquí me apeo es ahora una frase poco común, nos causa asombro cuando la escuchamos. Apear (Del lat. appedāre, de pes, pedis, pie) es desmontar o bajar a alguien de un caballo o de un automóvil. Es posible que en un principio este verbo iba dirigido a bajarse de un caballo y al aparecer los automóviles se continuó empleando con la misma idea; pero no solo de caballos ni de carros, también para apearse de árboles, techos de casa.. Ahora el anciano y ya artrítico apear – que es un verbo normal-  lo usan más que todo algunos hablantes rurales o urbanos con fuerte influencia campesina. Las personas más urbanizadas avisan: aquí me bajo o bajate de ese árbol. Sin embargo, apear aún no es un arcaísmo, se mantiene en los estantes del español. La forma verbal vamos es una acción indicativa, real concreta e independiente: Hoy vamos al cine, sé que vamos con unos amigos son expresiones que anuncian una realidad, no una posibilidad. Pero por lo general – por no decir que siempre- nos hemos acostumbrado a mal emplear la flexión vamos. Decimos: Dora, vamos al cine , o Melissa, vámonos ya (en este último ejemplo se cometen dos errores: lo empleamos como  exhortación y sin la s); en ambos ejemplos tratamos de hacerlo en sentido subjuntivo -ruego, mandato-, lo que en todo caso sería vayamos. Por consiguiente, la forma correcta habría de ser, si estamos invitando, exhortando o exigiendo: Dora, vayamos al cine, Melissa, vayamos ya. Y si fuera una orden más enfática, qué mejor que colocarle el enclítico de primera persona del plural: Dora, vayámosnos al cine, “Melissa, vayámosnos ya“.

Unos viejos y muy queridos amigos míos  (Carlos Humberto Martínez Pavón y German Flores) tenían un puesto de venta de atol, osmil y pan con frijoles en los alrededores del mercado San Isidro de Comayagüela. Con los ingresos de aquella exigua venta lograban sufragar algunos pequeños gastos personales (de los cuales también gozaba yo). De ninguna manera la atolera era una empresa; en realidad era un diminuto tenderete. Doña Paca, vecina de mis amigos, era una señora que hacía no menos de doscientas tortillas diariamente, lo que tampoco era una empresa. Una empresa es una entidad integrada por capital y trabajo, como factores de la producción, y dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos. Si es así, entonces un empresario es el propietario o copropietario de una industria o empresa. Carlos y German, lo mismo que doña Paca, no eran empresarios, pues la venta de osmil y la producción de tortillas, tan artesanalmente, no eran empresas, eran pequeñísimos negocios de supervivencia. Pero en Honduras pronto tendremos treinta y cinco mil empresarias de las tortillas, cuyo equipamiento acaso será la tradicional  hornilla con la leña. No obstante, en este país hay empresas industriales dedicadas a la elaboración de tortillas, pero con equipos altamente tecnificados, como dicen ahora, con “tecnología de punta”.

Las maquilas fabrican y venden productos; lo mismo hacen los sastres, albañiles, barberos, panaderos. Los cal centers, los médicos, enfermeras, periodistas, profesores, abogados, bancos, ofrecen servicios; aunque muchas instituciones financieras también venden casas, que son productos. Pero ahora los bancos anuncian que uno de sus productos de mayor riesgo son las tarjetas de crédito. Las tarjetas de crédito y las de débito sirven para comprar productos y servicios sin emplear dinero en efectivo. En consecuencia, las tarjetas de crédito no son productos, son servicios (por cierto de gran peligro para el usuario descerebrado); pero la jerga financiera de pronto puede convertirse en un verdadero galimatías y terminaremos por confundir los conceptos de producto y servicio, como está sucediendo con los significados de salario y sueldo.

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